El Obispo Tissera habló de “Integralidad, fraternidad y solidaridad para cuidar la casa común” en una conferencia

Municipio_Quilmes_2020

El Obispo de Quilmes Carlos José Tisserá participó este sábado 18 de abril en la Conferencia Inaugural 2020 del Centro Latinoamericano de Evangelización Social (CLAdeES) “El cuidado de la Casa Común”, junto con las licenciadas Silvia Alonso y Martha María Arriola, que se realizó de manera on line por motivo del aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Monseñor Tissera hizo un llamado a reflexionar sobre la actualidad con el Evangelio para favorecer que todas las personas vivan bien: “al mismo tiempo que vamos esforzándonos por responder a las consecuencias de esta pandemia, estamos llamados a reflexionar a la luz del Evangelio los signos de estos tiempos: leer la Palabra de Dios en la Biblia y la palabra de Dios en la Vida, para discernir profundamente y volver a ofrecer a toda la sociedad las preguntas, las inspiraciones y las perspectivas que surgen de lo más profundo de nuestra fe y pueden ayudar a ordenar la convivencia social en justicia, paz y fraternidad, para que cada hombre y cada mujer tenga vida en abundancia. “

Además, el obispo de Quilmes reconoció esperanzado que “es admirable como la pandemia ha activado muchos y buenos sentimientos de cuidado y preocupación global. Será una oportunidad nutrirnos de esto para reafirmar esta misma preocupación y cuidado con aquellas grandes causas que responden a problemas que no nos afectan directamente a todos, pero que exigen movilización y solidaridad.”

Durante esta conferencia que abordó los temas de la Encíclica “Laudato Sí – El cuidado de la Casa Común” del Papa Francisco, en el quinto aniversario de su promulgación, Tissera se explayó en “Integralidad, fraternidad y solidaridad para cuidar la casa común, a todos y a todo. En lo pequeño y en lo estructural, en lo personal y en la cultura que nos inspira.”

A continuación, el texto completo de la participación del Padre Obispo Carlos Tissera.

EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN
Inspiración, perspectiva y desafío en el contexto actual

Saludos y agradecimientos.

Quiero iniciar esta intervención con un agradecimiento a las autoridades del Centro Latinoamericano de Evangelización Social, por la invitación, pero sobre todo por la iniciativa y por el empeño en fortalecer la dimensión social de la evangelización.

Es un gusto compartir el inicio de esta conferencia junto a la Lic. Silvia Alonso (del Movimiento Católico Mundial por el Clima Red Argentina de Ambiente y Desarrollo) y a la Lic. Martha María Arriola (del Movimiento Cuidadores de la Casa Común). Ambas iniciativas constituyen buenos impulsos para la temática que nos convoca, experiencias de las cuales podremos aprender y nutrirnos.

El contexto actual.

No es nuevo decirlo. Vivimos una situación inédita. Al menos, en la época reciente. Se impone, necesariamente, resignificar todos los grandes temas de la agenda social, desde la perspectiva que nos da esta experiencia que compartimos globalmente.

El Papa Francisco nos recordaba, al momento de la profundización de esta pandemia: “desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, en la barca, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: “perecemos” (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos.1
Y es cierto. Vamos ensayando reacciones, análisis, respuestas a una crisis que, por donde se la mire, pone en cuestión los valores en torno a los cuales la sociedad ha venido organizándose en este tiempo reciente, nos desafía a poner la vida humana en el centro y a buscar con creatividad respuestas y alternativas que nos permitan a todos salir juntos de lo que nos amenaza.

Sin embargo, es necesario descubrir que este contexto también nos permite poner en valor las llamadas que el Evangelio –leído e interpretado en la comunidad de la Iglesia y expresado en este momento histórico por el magisterio del Papa Francisco– hace a la sociedad en esta hora. Dicho de otro modo, al mismo tiempo que vamos esforzándonos por responder a las consecuencias de esta pandemia, estamos llamados a reflexionar a la luz del Evangelio los signos de estos tiempos: leer la Palabra de Dios en la Biblia y la palabra de Dios en la Vida, para discernir profundamente y volver a ofrecer a toda la sociedad las preguntas, las inspiraciones y las perspectivas que surgen de lo más profundo de nuestra fe y pueden ayudar a ordenar la convivencia social en justicia, paz y fraternidad, para que cada hombre y cada mujer tenga vida en abundancia.

Hace unos días, el P. Mateo Bautista, sacerdote de la Orden de San Camilo, conocido en Latinoamérica, me comentaba que la humanidad entera está de duelo:

“Este duelo nos ha recordado que todos somos habitantes de una casa común, que, por encima de falsos nacionalismos y solapados egoísmos personales o de instituciones, hemos de proteger como única casa común, cuidando con esmera solicitud y solidaridad nuestros vínculos comunes e interdependientes

Este duelo comunitario, complicado, novedoso y extraordinario, hay que elaborarlo con nueva mentalidad y visión, con nuevos paradigmas. Después de esta pandemia el mundo no será más igual. Vendrán profundos cambios.

Este es un duelo que hay que trabajarlo dando lo mejor de cada uno de nosotros y de nuestras instituciones. Y puliendo lo peor de nosotros.

Potenciemos nuestra fe en el Dios de la vida, nuestro Padre Creador y Salvador, y en los recursos espirituales y eclesiales que sostienen y fortalecen nuestra esperanza y amor, aportando una visión del hombre auténticamente humana y trascendente”

Puntos de inspiración.

La encíclica Laudato Si, releída en este contexto, es aún más, una fuente inspiradora para analizar y pensar la crisis que estamos viviendo y para buscar caminos y motivaciones para recorrerla y superarla. Me permito proponer tres elementos inspiradores: la integralidad, la fraternidad y la solidaridad.

Un primer elemento que nos debe inspirar a pensar el cuidado es la integralidad. Pensar las cosas integralmente supone asumir la complejidad de lo que vivimos. Esta pandemia nos lo evidencia, y al mismo tiempo pone en valor lo que ya nos decía Francisco en 2015:

”El desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar” (LS 13).

Todo está íntimamente relacionado, y los problemas actuales requieren una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial. Porque a problemas complejos le corresponden abordajes, miradas y propuestas que aborden esa complejidad con integralidad. Laudato Si lo recuerda claramente:

“Cuando se habla de «medio ambiente», se indica particularmente una relación, la que existe entre la naturaleza y la sociedad que la habita. Esto nos impide entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida. Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados. Las razones por las cuales un lugar se contamina exigen un análisis del funcionamiento de la sociedad, de su economía, de su comportamiento, de sus maneras de entender la realidad. Dada la magnitud de los cambios, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente para cada parte del problema. Es fundamental buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (LS 139).

Un segundo elemento que podemos destacar, para enfrentar el desafío que supone extender una cultura del cuidado, es de la fraternidad. Necesitamos refundar las bases de la convivencia humana, el proyecto que nos impulsa, en una afirmación tan sencilla, pero tan profunda en sus implicancias: todos somos parte de una sola familia humana en una sola casa común, todos hermanos y hermanas unos de los otros. Esta conciencia de interrelación entre las personas, ampliada hacia toda la creación, es condición para desplegar una conversión real y efectiva. Toda la creación unida y corresponsable, sosteniéndose mutuamente. Todo está relacionado, y el auténtico cuidado de nuestra propia vida y de nuestras relaciones con la naturaleza es inseparable de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás (cf. LS 70)2. Porque “…sería equivocado pensar que los demás seres vivos deban ser considerados como meros objetos sometidos a la arbitraria dominación humana. Cuando se propone una visión de la naturaleza únicamente como objeto de provecho y de interés, esto también tiene serias consecuencias en la sociedad. La visión que consolida la arbitrariedad del más fuerte ha propiciado inmensas desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría de la humanidad, porque los recursos pasan a ser del primero que llega o del que tiene más poder: el ganador se lleva todo. El ideal de armonía, de justicia, de fraternidad y de paz que propone Jesús está en las antípodas de semejante modelo, y así lo expresaba con respecto a los poderes de su época: «Los poderosos de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. Que no sea así entre vosotros, sino que el que quiera ser grande sea el servidor»” (Mt 20,25-26). (LS 82)

El tercer núcleo que entendemos puede inspirar caminos desde Laudato Si para el cuidado de la casa común y de todos (y todo) los que la conformamos es la solidaridad, esa experiencia que brota de la fraternidad y de la conciencia que surge de reconocer que no es estrictamente “nuestra” la creación: Dios nos pone como mayordomos, quienes cuidan y administran como propio lo que no lo es.

Es imprescindible profundizar en la necesaria solidaridad para poder responder al grito de la tierra y al grito de los pobres, para afrontar los problemas profundos de la humanidad (en lo global y en lo local). Ya nos decía Francisco en la Evangelii Gaudium que “la palabra «solidaridad» está un poco desgastada y a veces se la interpreta mal, pero es mucho más que algunos actos esporádicos de generosidad. Supone crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos (cf. EG 188). Porque la solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles.”

Esta perspectiva se retoma en Laudato Si y se transforma en un urgente llamado a “…un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos (…). Las actitudes que obstruyen los caminos de solución, aun entre los creyentes, van de la negación del problema a la indiferencia, la resignación cómoda o la confianza ciega en las soluciones técnicas. Necesitamos una solidaridad universal nueva. Como dijeron los Obispos de Sudáfrica, «se necesitan los talentos y la implicación de todos para reparar el daño causado por el abuso humano a la creación de Dios». Todos podemos colaborar como instrumentos de Dios para el cuidado de la creación, cada uno desde su cultura, su experiencia, sus iniciativas y sus capacidades.”

Es admirable como la pandemia ha activado muchos y buenos sentimientos de cuidado y preocupación global. Será una oportunidad nutrirnos de esto para reafirmar esta misma preocupación y cuidado con aquellas grandes causas que responden a problemas que no nos afectan directamente a todos, pero que exigen movilización y solidaridad.

Integralidad, fraternidad y solidaridad para cuidar la casa común, a todos y a todo. En lo pequeño y en lo estructural, en lo personal y en la cultura que nos inspira.

El camino de la sinodalidad.

El sueño de una Iglesia sinodal que tuvo Pablo VI, ha tomado un cariz particular en el pontificado de Francisco. Al cumplirse los 50 años de la institución del Sínodo de los Obispos, Francisco ha dicho que “constituye una de las herencias más preciosas de la última reunión conciliar…El mundo en el que vivimos, y que estamos llamados a amar y servir también en sus contradicciones, exige de la Iglesia el fortalecimiento de las sinergias en todos los ámbitos de su misión. Precisamente el camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio…
Como Iglesia que «camina junto» a los hombres, partícipe de las dificultades de la historia, cultivamos el sueño de que el redescubrimiento de la dignidad inviolable de los pueblos y de la función de servicio de la autoridad podrán ayudar a la sociedad civil a edificarse en la justicia y la fraternidad, fomentando un mundo más bello y más digno del hombre para las generaciones que vendrán después de nosotros”
 (Discurso del 17 de octubre de 2017)

Por eso, la expresión más cabal del contenido de la Encíclica sobre el cuidado de la Casa Común, es la realización del Sínodo de la Amazonia, que concluyó con un texto titulado: “Amazonia: nuevos caminos para la Iglesia y para una ecología integral”.

Como es costumbre, el Papa escribió la Exhortación Apostólica postsinodal “QUERIDA AMAZONIA” al pueblo de Dios y a todas las personas de buena voluntad, que fue firmada por el Francisco en la Basílica San Juan de Letrán, el 2 de febrero de 2020.

Allí expresa los sueños para la Amazonia, invitando a “admirarla y a reconocerla como un misterio sagrado”. También retoma algunas cuestiones “que no deberíamos olvidar y que pueden inspirar a otras regiones de la tierra frente a sus propios desafíos”.

De una manera sencilla pero muy profunda, en un tema tan actual como el cuidado del medio ambiente, expresa la misión de la Iglesia, la cual debe encarnarse en cada lugar del mundo, adquiriendo “multiformes rostros”. “La predicación debe encarnarse, la espiritualidad debe encarnarse, las estructuras de la Iglesia deben encarnarse… Por ello me atrevo humildemente, en esta breve Exhortación, a expresar cuatro grandes sueños que la Amazonia me inspira.

Sueño con una Amazonia que luche por los derechos de los más pobres, de los pueblos originarios, de los últimos, donde su voz sea escuchada y su dignidad sea promovida. (Sueño Social)

Sueño con una Amazonia que preserve esa riqueza cultural que la destaca, donde brilla de modos tan diversos la belleza humana. (Sueño Cultural)

Sueño con una Amazonia que custodie celosamente la abrumadora hermosura natural que la engalana, la vida desbordante que llena sus ríos y sus selvas. (Sueño Ecológico)

Sueño con comunidades cristianas capaces de entregarse y de encarnarse en la Amazonia, hasta el punto de regalar a la Iglesia nuevos rostros con rasgos amazónicos. (Sueño Eclesial)

Una perspectiva en el horizonte: amor social y esperanza.

Será un gran servicio poder fortalecer en nosotros y animar en cada comunidad estas inspiraciones que nacen del Evangelio. Y caminar con alegría proponiendo a cada cristiano la dimensión social de su fe que se expresa en la participación en la comunidad cristiana, en la caridad que se organiza y transforma la vida de personas y barrios, que nutre y alimenta el derecho a la esperanza.

Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo, que vale la pena ser buenos y honestos. Dice Francisco que “ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses, provoca el surgimiento de nuevas formas de violencia y crueldad e impide el desarrollo de una verdadera cultura del cuidado del ambiente”.

El amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de la caridad, que no sólo afecta a las relaciones entre los individuos, sino a «las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas». Que todos nuestros esfuerzos se nutran siempre de Jesús, de su proyecto, y de la fe que Él ha dado a cada uno de nosotros y nos permite reconocer que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras. Jesucristo, el Resucitado, provoca por todas partes gérmenes de ese mundo nuevo que queremos ir creando y cuidando; y aunque se los corte, vuelven a surgir porque la fuerza de la resurrección ya ha penetrado la trama oculta de nuestra historia (cf. EG 278). Jesús no ha resucitado en vano y nos llama. ¡No nos quedemos al margen de esa marcha de la esperanza viva!

+ Carlos José Tissera
Obispo de Quilmes

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